miércoles, 10 de julio de 2019

El Becerro de Oro

     Hace muchos miles de años, el pueblo de Israel era muy infeliz, pues los egipcios los usaban como esclavos y mataban a sus niños. Pero gracias a un hombre de Dios llamado Moisés, todos los hebreos pudieron recuperar su libertad y viajar a través del desierto hacia la Tierra Prometida, un lugar en donde nunca más tendrían que servir a nadie y serían sumamente prósperos.
     Antes de hacer ese gran viaje, Moisés los reunió a todos en las faldas del Monte Sinaí y les indicó que lo esperaran, pues debía subir para recoger los mandamientos del Señor.
     Todos estuvieron de acuerdo.
     Sin embargo, pasaron las horas y Moisés no regresaba del monte. Las personas comenzaron a impacientarse, pensando que los había abandonado.
—No tenemos idea de que puede haber pasado con Moisés —se dijeron los unos a los otros, desamparados—. Será mejor que nos construyamos un nuevo dios al que adorar, un dios que nos indique como salir del desierto.
     En ese momento Aarón, el hermano de Moisés, tuvo una idea.
—Todos quítense sus pendientes de oro y dénmelos a mí —dijo—, voy a derretir todo el metal y con él, haremos el más hermoso becerro que se haya visto.
Los israelitas reunieron todas sus joyas y Aáron les derritió hasta convertirlas en metal líquido. Con ese, ayudó a esculpir un gran becerro, que resplandecía como el sol.
     Cuando su gente vio esto, todos se quedaron tan deslumbrados por la belleza del animal que de inmediato comenzaron a adorarlo, entonando canciones y arrodillándose ante él como si fuera su nuevo dios. Y Dios, al darse cuenta de esto, se disgustó muchísimo por la falta de fe de su pueblo.
—Será mejor que bajes ahora mismo —le dijo a Moisés—, pues las personas se desesperaron al no verte regresar y ahora están haciendo terrible.
Moisés bajó a toda prisa del monte con los 10 mandamientos, los cuales habían sido plasmados en un par de tablas sagradas y hechas de piedra. Esto sin embargo, no pudo evitar que se rompieron cuando Moisés las estrelló contra el suelo. Y no era para menos, pues estaba muy enojado de ver cuan poca era la lealtad que su pueblo tenía hacia Dios.
—Dios no quiere que adoremos a los falsos dioses, él nos ama y solo nos pide el mismo amor a cambio —dijo, antes de derretir el becerro de oro—. Hoy, ustedes han hecho algo muy malo. Él se siente muy decepcionado de todos.
      A partir de ese momento y muy avergonzados, los hebreos prometieron que serían más fieles, y que seguirían al pie de la letra los 10 mandamientos creados por Dios, para ser siempre personas de bien.
     Lo que este cuento infantil acaba de enseñarnos, es que no está bien darle la espalda a nuestro verdadero padre celestial, quien nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Cuando depositas tu confianza en otras cosas como las riquezas y la fama, corres el riesgo de olvidarte de lo más importante: el amor entre tú, Dios y tus seres queridos.

La Rebelión de Coré

     Hace mucho tiempo, cuando Moisés y el pueblo de Israel se encontraban atravesando el desierto para llegar a la Tierra Prometida, ocurrió algo que por poco y echa a perder su viaje. Dios le había encargado a Moisés que cuidara muy bien de su pueblo y le había dado 10 mandamientos escritos en tablas de piedra, para que todos aprendieran a comportarse. Además, había elegido a Aarón, su hermano, como sumo sacerdote.
Pero entre los israelitas había un hombre muy envidioso llamado Coré, el cual se había cansado de seguir a Moisés en medio de la arena y bajo el calor del sol.
—¿Por qué tenemos que seguirte a ti, que en todo este tiempo no has sido capaz de encontrar la Tierra Prometida? —le preguntó, muy enojado— ¿Y por qué tiene que ser tu hermano el sumo sacerdote?
Al escuchar a Coré, otros 250 hombres se unieron a sus quejas, pues habían perdido la fe en Dios y estaban muy cansados de vagar por el desierto.
—¡Ya nos hartamos de caminar sin sentido! Si Dios es tan bueno como dices, seguro que está con todos nosotros y no solo con ustedes. Por lo tanto, cualquiera de nosotros podría ser líder o sumo sacerdote —dijo Coré.
—Está bien —respondió Moisés—, les propongo una cosa. Vamos a hacer una prueba, para ver a quien elije Dios realmente. Cojan su incienso.
Los hombres se dirigieron a un paraje en medio del desierto y allí, encendieron pequeñas fogatas para empezar a quemar incienso, como si todos ellos fueran sumos sacerdotes. De pronto, un rayo de luz salió del cielo, iluminando a Moisés y a su hermano Aarón. Y luego, desde las alturas, una voz les habló:
—Moisés, Aarón, aléjense de Coré y de los otros hombres.
Los dos obedecieron, mientras Coré y los demás permanecían de pie, mirándolos con furia. Entonces un enorme agujero se abrió en el suelo y los malvados cayeron en él, desapareciendo para siempre de la faz de la Tierra.
—Moisés, busca a los jefes de todas las tribus que están viajando contigo —le dijo Dios—, pídeles que traigan sus bastones. Tómalos y escribe en ellos sus nombres. Luego colócalos sobre el incienso. Yo voy a hacer crecer flores sobre uno de ellos y a quien pertenezca ese bastón, será mi elegido para ser el sumo sacerdote. Moisés obedeció al instante y mandó llamar a todos los líderes de las tribus. Cogió sus bastones y escribió sus nombres sobre ellos. Aarón también dejó su bastón. Después, los colocaron sobre la hoguera con incienso, tal y como les había mandado Dios y se retiraron a dormir.
A la mañana siguiente, Moisés tomó las bastones y los fue mostrando uno por uno. Tomó el de Aarón y vio que le habían crecido flores.
—Ya no cabe duda, Dios quiere que mi hermano sea el sumo sacerdote.
Desde ese momento, nadie más volvió a cuestionar las decisiones de Moisés, pues sabían que era el elegido del Señor y que siempre debían mantener la fe en él.

Moisés y los 10 Mandamientos

     Moisés era un niño que nació en Egipto, era perteneciente a la tribu de Leví y su nombre significaba «salvado por las aguas». Su padre se llamo Amram que en hebreo significaba «poderosa nación» y su madre se llamaba Jocabed, que significaba «Dios es glorioso».
     Cuenta la biblia que Moisés nació en una época en que el faraón de Egipto había dado una orden, que se diera muerte a todo niño recién nacido que fuera varón, todos debían ser arrojados al río Nilo. La madre lo escondió por tres meses, hasta que no pudo más y alisto una canasta a la que protegió de tal manera que no pudiese entrarle agua, puso a Moisés allí, lo llevaron al río Nilo y lo dejaron ir sobre el río mientras era observado por su hermana Miriam cuyo nombre significaba «amada». La hija de Faraón llego a bañarse y encontró la cesta con el bebé llevándolo consigo y adoptándolo.
      El niño creció y fue preparado para gobernar Egipto, cuando era adulto mato a un hombre que abusaba del pueblo hebreo, por defenderlos lo mato. Así tuvo que huir de Egipto al desierto.

     Jetró que era un sacerdote en Madián, tenía varias hijas y al conocer a Moisés este era grato a su ojos y lo tuvo como un hijo dejando que viva con ellos. Con el tiempo dejo que se casara con una de sus 7 hijas, con Séfora cuyo nombre significaba «ave». Allí vivió durante cuarenta años y tuvo un hijo llamado Gersón.
     En una ocasión mientras Moisés pastoreaba a sus ovejas en el monte de Horeb, vio que una zarza ardía y que no se apagaba, era Dios quien tomo esa forma, y le dijo que debía volver a Egipto pues era el elegido para salvar a su pueblo, en un inicio el no se sentía capaz porque tenía un problema para comunicarse al hablar, pero Dios le aseguro que lo ayudaría en todo y que no se preocupara por nada pues siempre estaría siempre a su lado.
     Cuando Moisés regreso a Egipto su hermano Aarón  que significa (fortaleza en la montaña), se unió a Moisés y juntos fueron a darle el anuncio de Dios. No fue nada fácil persuadir al faraón, solo, hasta que Dios envió las 10 plagas, una de ellas empieza convirtiéndose el agua en sangre y termina con la muerte de todos los primogénitos de Egipto. Solo así faraón dejo que el pueblo hebreo se marche. Bajo el liderazgo de Moisés, el pueblo de Israel emprendió el éxodo hacia la tierra prometida, pero faraón se arrepintió y en el camino mandó a sus soldados a perseguir una vez más a los mas de 600 mil hombres sin contar niños, para matarlos obviamente.
     Cuando los hebreos se vieron perseguidos se atemorizaron pero Dios le dijo a Moisés que cruzaran el mar rojo y que no tuvieran miedo. Así lo hicieron, cuando el mar volvió a su cauce todo el ejército egipcio murió ahogado.Durante el viaje por el desierto Dios le dio a Moisés los 10 mandamientos en unas tablas de piedra, en el monte Sinaí, esto fue después que estuvo 40 días en el monte y dice la biblia que Dios escribió en las tablas con su mismo dedo. Durante 40 años se alimentaron solo del maná que caía del cielo, para beber agua Dios les otorgo muchas fuentes de agua e hizo innumerables milagros a través de Moisés para que confiaran más en los cuidados de Dios.
     Pero Moisés cometió el error de atribuirse uno de los milagros de Dios al proveerles agua, por eso no pudo entrar a la tierra prometida, solo pudo verlo a través del monte Nebo. Murió a la edad de 120 años, continuando su viaje el pueblo hebreo solos, sin Moisés.

La salvación de Moisés

     Anteriormente hablamos sobre la historia de los israelitas y como después de vivir un período de prosperidad en Egipto, cayeron en desgracia y fueron esclavizados por el Faraón. Este hombre tan malvado temía que ellos se revelaran y fue por eso que ordenó matar a todos los varones recién nacidos. Pero una madre amorosa logró salvar a su bebé, colocándolo en una cesta que dejó flotando a la deriva por el río Nilo.
     Ella tenía confianza en que Dios salvaría a su bebé y lo guiaría hasta un lugar donde nadie pudiera hacerle daño. Y así fue.
      Mientras el bebé se alejaba en su canasta, Miriam, una de sus hermanitas, lo siguió por la orilla hasta llegar a las cercanías del palacio, vigilando que no le ocurriera nada.

     Aquel mismo día, la hija del Faraón había ido a bañarse al río junto con sus doncellas. Mientras nadaba en las aguas, se dio cuenta de que un cesto extraño flotaba cerca de ahí y ordenó a una de sus criadas que fuera a ver de que se trataba.
Esta destapó la canasta y fue a informarle que dentro había un bebé.
—Qué bebe tan bello y dulce —dijo la princesa, tomando al pequeño entre sus brazos—, seguramente es de uno de los israelitas.
Y a pesar de suponer sus orígenes, la muchacha sintió tanta amor y compasión por el pequeño, que no osó hacerle daño. Al ver esto, Miriam se atrevió a salir de su escondite y se acercó a ella:

—¿Quieres que consiga a una mujer de mi pueblo para que pueda amamantar a ese bebé? —le preguntó.
—Sí, ve y habla con alguna para que venga a darle de comer —dijo la princesa.
Miriam fue a buscar a su madre y esta se presentó en palacio para amamantar al bebé, sin que la hija del Faraón sospechara que se trataba de su propio hijo.

—Por favor, ayúdame a amamantar a este niño y te pagaré generosamente por tus servicios —le pidió.
     El pequeño fue amamantado por su madre, quien con gran dolor se resignó a que de ahora en adelante tendría que crecer lejos de ella. Pero se consolaba al pensar que no moriría como los otros bebés.
Y la princesa, quien ya contaba con un niño llamado Ramsés, decidió tomar a aquel pequeño bajo su protección y adoptarlo como un hijo más. Afortunadamente, el Faraón le dio permiso para quedarse con él, a pesar de sospechar sus orígenes.

     Le pusieron al bebé el nombre de Moisés, que quiere decir, «salvado de las aguas».
Moisés, a diferencia de sus hermanos israelitas, creció como un príncipe, sin conocer cuan dura era la esclavitud. Él no sabía que era uno de ellos, pues su familia siempre lo trató como a uno más de la realeza. Al crecer, se convirtió en un joven despreocupado e ignorante del mundo que había más allá de las puertas de palacio.
     Él aún no lo sabía, pero Dios tenía un plan muy especial preparado para él y estaba a punto de comenzar.

Los Israelitas en Egipto

     Ya sabemos que hay un cuento corto de la Biblia que habla sobre José el Soñador, un joven al que Dios le había dado el poder de interpretar los sueños. Gracias a su habilidad, José se llegó a convertir en el hombre de mayor confianza del faraón en Egipto y el más importante después de él. Como era administrador del palacio, José decidió invitar a su familia y a otros israelitas a vivir con él en aquella tierra donde no les faltaría nada.
Pero dicen por ahí que nada dura eternamente y aunque José y los suyos fueron felices por muchos años, llegó el día en el que él falleció y la gente de Israel dejó de contar con su protección.
     El faraón que era su amigo también había muerto y ocupó el trono en su lugar, un hombre muy malvado que no quería a los israelitas. De modo que los condenó a ser esclavos y así, dio inicio una nueva era de sufrimientos para ellos. Trabajaban todo el día sin descanso alguno, trasportando pesadas piedras y apilándolas para formar grandes pirámides y efigies, todo ello bajo la ardiente luz del sol y los gritos de los guardias egipcios.
     Lamentablemente, tampoco les daban nada para beber y tenían que soportar los maltratos y azotes de sus nuevos amos. El nuevo faraón realmente odiaba a los hijos de Israel.
     Él confiaba en que los trabajos forzados los hicieran demasiado débiles como para rebelarse. Pero cuando comenzó a notar lo rápido que crecían sus familias, tuvo miedo de que un día fueran demasiados como para superar a su pueblo en número y recuperar su libertad.
     Así que Faraón dio una orden terrible a las mujeres israelitas:
—De ahora en adelante, todos los hijos varones que nazcan de ustedes tendrán que ser sacrificados.
Pero ellas, como todas las madres amorosas, eran buenas y se negaron a matar a sus propios hijos. Así que el gobernante se volvió hacia sus soldados con una orden aún más espantosa.
—Entren a las casas de los israelitas y arrebaten a todos los niños varones y pequeños que encuentren. Luego maténlos. Solos las niñas podrán vivir.
El pánico se desató en Egipto. Las mujeres de Israel, desesperadas, pedían piedad ante los soldados y trataban de proteger a sus bebés en vano. Estas personas eran tan malas que se los quitaban sin compasión y terminaban con ellos. Muchas lágrimas fueron derramadas aquel triste día.

     Sin embargo, había entre las madres una valiente mujer que se negaba a dejar que su hijo recién nacido fuera sacrificado. Escapando de los soldados con su bebé en brazos, lo envolvió en mantas y lo colocó en una cesta que dejó en el río, confiando en que Dios escucharía sus plegarias y le salvaría la vida.
     Ella no sabía que Dios no solo la había escuchado, sino que tenía un destino muy especial reservado para aquel bebé. Pues algún día, ese niño regresaría con los suyos para liberarlos de la tiranía de los egipcios.