Ya sabemos que hay un cuento corto
de la Biblia que habla sobre José el Soñador, un joven al que Dios le
había dado el poder de interpretar los sueños. Gracias a su habilidad,
José se llegó a convertir en el hombre de mayor confianza del faraón en
Egipto y el más importante después de él. Como era administrador del
palacio, José decidió invitar a su familia y a otros israelitas a vivir
con él en aquella tierra donde no les faltaría nada.
Pero dicen
por ahí que nada dura eternamente y aunque José y los suyos fueron
felices por muchos años, llegó el día en el que él falleció y la gente
de Israel dejó de contar con su protección.
El faraón que era su amigo también había muerto y ocupó el trono en su
lugar, un hombre muy malvado que no quería a los israelitas. De modo que
los condenó a ser esclavos y así, dio inicio una nueva era de
sufrimientos para ellos. Trabajaban todo el día sin descanso alguno,
trasportando pesadas piedras y apilándolas para formar grandes pirámides
y efigies, todo ello bajo la ardiente luz del sol y los gritos de los
guardias egipcios.
Lamentablemente, tampoco les daban nada para beber y tenían que
soportar los maltratos y azotes de sus nuevos amos. El nuevo faraón
realmente odiaba a los hijos de Israel.
Él confiaba en que los
trabajos forzados los hicieran demasiado débiles como para rebelarse.
Pero cuando comenzó a notar lo rápido que crecían sus familias, tuvo
miedo de que un día fueran demasiados como para superar a su pueblo en
número y recuperar su libertad.
Así que Faraón dio una orden terrible a las mujeres israelitas:
—De ahora en adelante, todos los hijos varones que nazcan de ustedes tendrán que ser sacrificados.
Pero
ellas, como todas las madres amorosas, eran buenas y se negaron a matar
a sus propios hijos. Así que el gobernante se volvió hacia sus soldados
con una orden aún más espantosa.
—Entren a las casas de los
israelitas y arrebaten a todos los niños varones y pequeños que
encuentren. Luego maténlos. Solos las niñas podrán vivir.
El
pánico se desató en Egipto. Las mujeres de Israel, desesperadas, pedían
piedad ante los soldados y trataban de proteger a sus bebés en vano.
Estas personas eran tan malas que se los quitaban sin compasión y
terminaban con ellos. Muchas lágrimas fueron derramadas aquel triste
día.
Sin embargo, había entre las madres una valiente mujer que se negaba a
dejar que su hijo recién nacido fuera sacrificado. Escapando de los
soldados con su bebé en brazos, lo envolvió en mantas y lo colocó en una
cesta que dejó en el río, confiando en que Dios escucharía sus
plegarias y le salvaría la vida.
Ella no sabía que Dios no solo la
había escuchado, sino que tenía un destino muy especial reservado para
aquel bebé. Pues algún día, ese niño regresaría con los suyos para
liberarlos de la tiranía de los egipcios.
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